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Imágen de edición propia. |
Así fue y así es nuestra amistad y quizá ello condicionó la forma en cómo siempre te he visto y te sigo viendo. Una vez, orgulloso de una foto que tengo junto a ti, una homónima tuya que generó gran impacto en mi vida y quién creo no tengo necesidad de mencionar —pues, supongo bien sabes de quién se trata—, al ver una foto mía contigo, expresó: «Jum, ¡tan fea!». Incluso para ella, a quién yo tenía en el más alto estigma y valor, me resultó una ignominia y una afrenta absurda de la cual no pude pasar por alto. Y con todo lo que ella representaba para mí, le dije con contundencia:
En mi corazón hay un solo nombre que comparte dos rostros, y en lo que a mí me concierne, son cada una a cada cual más bella. Y sin pretensión de verdad alguna, para mí esa es la opinión más importante hacia ellas. Por lo mismo, lo que tú pienses de ella es en cuanto menos, falso o irrelevante.
Cómo bien lo sabes ella ya no hace parte de mi vida. Pero aún me siento dichoso, porque aún tengo el placer de poder escucharte, de escuchar sobre tus sueños; tus anhelos, tus preocupaciones, tus gustos, tus sobresaltos y hasta de de los bellos sonidos que emites al reír.
No es sorpresa para mí al pensar en ti, que ya desde entonces, supe que serías mi amiga por mucho tiempo; así me lo hicieron pensar varios acontecimientos, como por ejemplo, cuando te hice sentir el duro castigo de un par de docenas de bolas de pintura disparadas a gran velocidad muy cerca de ti aquel día en ese campo de Paintball y aún después que prácticamente te deje cojeando, me llevaste en tu carro de nuevo a la universidad. Sí, esas mismas heridas que tu abuela tuvo que curar ahí cerca a la zona más íntima de una mujer —y todo porque yo te las había ocasionado—. Ese día demostraste mucho más grandeza de la que yo poseía y de la que muchos por ahí podrían llegar a poseer. Pues, pudiste dejar el dolor y la venganza a un lado. Tú valía como persona demostró ser inconmensurable. Aquella vez no solo me sorprendí por tu esencia, sino que comencé a admirarte.
En esa como en muchas ocasiones más, siempre fuiste luz en medio de mi empecinada oscuridad. Aunque entiendo que las nubes grises cubren paisajes enormes que incluso llegan a los de un terreno tan bello y fértil como el tuyo, y aunque el ambiente gris también hace parte de la vida, ella me ha enseñado que después de los malos climas, también sale el sol.
Qué puedo decir, sino que, eres tú quien nunca pensé, de todos los sonidos perfumes y rostros que alguna vez me topé, que fueras tú quién después de tanto, permanecieras. Sin embargo, estoy firmemente convencido que eres tú a quién sí siempre pensé como la más grande de los dos y de muchos más que andan también por ahí. Eres tú a quién la naturaleza inclina su lado más amable y gentil. Ojalá tuviera respuestas y soluciones a aquello que te atormenta hoy y que también lo ha hecho ayer; pero sé que la cuenta es regresiva hacia ese objetivo. Tal vez no sea mucho pero sí es muy genuino lo que te diré: cuando por alguna razón olvides o no recuerdes tu gran valía, puedes venir a mí —o yo ir a ti si así lo deseas—, para que sepas que siempre habrá motivos para que recuerdes lo invaluable que eres. Porque eres tú a quién siempre pensé como luz que guía muchos caminos, aunque por ahora tan solo algunas veces, alguien más deba recordarte mantener vivo el brillo que te ilumina. Recuerda esto también, yo jamás te reclamaría nada, excepto qué es querer verte viva y dichosa, porque de resto en la vida, considero que aunque no sea mucho para ti, eres ya uno de mis mayores regalos.