La configuración lingüística de la Península Ibérica anterior a la llegada de los romanos presenta un panorama de extraordinaria complejidad y riqueza, caracterizado por la coexistencia de diversos pueblos y lenguas que dejaron una huella indeleble en el sustrato lingüístico peninsular. El mosaico cultural y lingüístico que conformaba la península en el primer milenio antes de Cristo constituye un fascinante entramado de civilizaciones que establecieron las bases fundamentales sobre las que posteriormente se desarrollaría el idioma español.
En el período comprendido entre el 1100 y el 218 a.C., la península albergaba una notable diversidad de pueblos indígenas, cada uno con sus propias tradiciones lingüísticas y culturales. Los íberos, asentados principalmente en la franja mediterránea y el sur peninsular, desarrollaron una lengua sofisticada que se manifestó en numerosas inscripciones y textos epigráficos. El idioma íbero, aunque todavía no ha sido completamente descifrado, presenta características propias de una lengua altamente desarrollada, con un sistema de escritura singular que combina elementos alfabéticos y silábicos.
Los celtas, establecidos en amplias zonas del interior y el norte peninsular, aportaron un sustrato lingüístico indoeuropeo que se manifestó en diversas variantes dialectales. La lengua celta peninsular, perteneciente a la familia indoeuropea, dejó numerosos testimonios en la toponimia y en el léxico relacionado con elementos naturales y actividades agrícolas. Las inscripciones en lengua celtibérica, realizadas tanto en alfabeto ibérico como en caracteres latinos, evidencian la existencia de una sociedad culturalmente avanzada con un sistema lingüístico complejo.
En el territorio que actualmente ocupa el País Vasco y zonas adyacentes, los vascones mantuvieron una lengua única y singular, el proto-vasco, que constituye el único testimonio vivo de las lenguas prerromanas peninsulares. La pervivencia del vasco hasta nuestros días representa un fenómeno extraordinario que ha permitido a los lingüistas estudiar las características de una lengua pre-indoeuropea y su interacción con las lenguas circundantes.
Los tartesios, establecidos en el suroeste peninsular, desarrollaron una civilización avanzada con su propia lengua y sistema de escritura. Las inscripciones tartésicas, aunque escasas, revelan la existencia de una lengua estructuralmente diferente tanto de las lenguas indoeuropeas como del íbero. La escritura tartésica, derivada del alfabeto fenicio, constituye uno de los sistemas de escritura más antiguos de la península.
Los pueblos colonizadores, principalmente fenicios y griegos, establecieron importantes enclaves comerciales en las costas peninsulares, introduciendo sus lenguas y sistemas de escritura. La influencia fenicia fue particularmente significativa en el sur peninsular, donde establecieron importantes colonias como Gadir (actual Cádiz). Los griegos, por su parte, fundaron colonias como Emporion (Ampurias) y ejercieron una notable influencia cultural y lingüística en el área mediterránea.
Las interacciones entre estos diversos pueblos generaron situaciones de contacto lingüístico que se manifestaron en préstamos léxicos, adaptaciones fonéticas y transferencias culturales. Los testimonios epigráficos revelan la existencia de zonas de bilingüismo y la adaptación de sistemas de escritura entre diferentes pueblos. Las inscripciones íbero-latinas y las adaptaciones del alfabeto fenicio por parte de tartesios y turdetanos evidencian la complejidad de estas interacciones lingüísticas.
La organización social y política de estos pueblos influyó decisivamente en la distribución y el uso de las diferentes lenguas. Las estructuras tribales de los pueblos celtas, la organización urbana de los íberos y las redes comerciales establecidas por fenicios y griegos configuraron un panorama lingüístico dinámico y en constante evolución. Las élites sociales y comerciales desarrollaron probablemente competencias multilingües que facilitaban los intercambios económicos y culturales.
Los sistemas religiosos y las prácticas rituales de estos pueblos quedaron reflejados en sus manifestaciones lingüísticas. Las inscripciones votivas, los textos funerarios y las dedicatorias religiosas proporcionan valiosa información sobre las creencias y prácticas culturales de estas sociedades. La onomástica prerromana, preservada en inscripciones y textos posteriores, revela la riqueza del patrimonio lingüístico y cultural de estos pueblos.
Las lenguas prerromanas ejercieron una profunda influencia en la configuración del futuro romance hispánico. El sustrato prerromano se manifestó en la adopción de numerosos términos léxicos, especialmente en campos semánticos relacionados con la geografía, la flora, la fauna y las actividades tradicionales. La toponimia prerromana ha perdurado hasta la actualidad, constituyendo un valioso testimonio de la diversidad lingüística original de la península.
La llegada de los romanos a la península en el 218 a.C. marcó el inicio de un proceso de transformación lingüística que culminaría en la latinización del territorio. Sin embargo, las lenguas prerromanas no desaparecieron inmediatamente, sino que mantuvieron su vitalidad durante siglos, especialmente en áreas rurales y montañosas. El proceso de latinización fue gradual y se caracterizó por largos períodos de bilingüismo y diglosia.
El legado lingüístico prerromano se manifestó en diversos aspectos de la evolución posterior del latín hispánico. Los sustratos fonéticos influyeron en la pronunciación del latín en diferentes regiones, contribuyendo a la formación de variedades dialectales. Los préstamos léxicos prerromanos se incorporaron al latín vulgar y posteriormente pasaron a las lenguas romances peninsulares, enriqueciendo su vocabulario con términos únicos y específicos.
Los sistemas de organización social y las estructuras culturales de los pueblos prerromanos continuaron influyendo en el desarrollo de las sociedades hispanorromanas. Las tradiciones religiosas, las prácticas funerarias y las costumbres sociales pervivieron bajo nuevas formas, contribuyendo a la formación de una cultura híbrida que caracterizaría a la Hispania romana.
Las manifestaciones artísticas y literarias de los pueblos prerromanos sentaron las bases para el desarrollo de una tradición cultural única en la península. La épica oral, las manifestaciones rituales y las expresiones artísticas de estos pueblos contribuyeron a la formación de un sustrato cultural que influiría en las posteriores manifestaciones literarias y artísticas hispanorromanas.
El período prerromano estableció patrones de interacción cultural y lingüística que caracterizarían la posterior historia lingüística de la península. La capacidad de adaptación y asimilación demostrada por estos pueblos, junto con su resistencia a la completa asimilación cultural, estableció un modelo de evolución lingüística que se repetiría en posteriores períodos históricos.
La herencia de los pueblos prerromanos se manifestó en la persistencia de formas de organización social y económica que sobrevivieron a la romanización. Las estructuras familiares, los sistemas de propiedad y las prácticas agrícolas tradicionales continuaron influyendo en el desarrollo de las sociedades hispánicas durante siglos, contribuyendo a la formación de una identidad cultural única.